Yedzenia Gainza 14 de enero de 2018
En el
tiempo que llevo aquí no debería quedar algo capaz de sorprenderme, pero lo
hay. Me resisto a pensar que esto de ahora es mi país, que esta es la gente que
siempre ha estado aquí. Me avergüenza saber que compartí calles, playas, aire
con estos buitres que proliferan por todas partes.
Dicen
que las circunstancias difíciles son las que muestran el verdadero yo de las
personas. Están quienes tienen un espíritu inquebrantable y no permiten que lo
que ocurre alrededor corrompa sus valores. Están quienes ceden ante la
necesidad y, para no morir de hambre, con vergüenza se ven haciendo lo que
jamás pensaron. Pero también están los que siempre estuvieron al acecho, tan
ocupados envidiando los logros ajenos que nunca se dedicaron a conseguir los
propios. Tan ocupados con su resentimiento contra el que estudió una carrera,
compró una casa o montó un negocio, que
jamás les pasó por la cabeza que las carreras, las casas o los negocios se
sudan, se consiguen a base de constancia, sacrificio, entusiasmo.
En los
últimos días he visto pandas de ladrones saquear licorerías, como si robar en
grupo fuera menos robo, como si el alcohol saciara el hambre. He recibido
llamadas telefónicas de una enfermera de un hospital público ofreciéndome
varias dosis de un medicamento que se robó y por el que pide dinero (no tiene
importancia la cantidad). También la de una mujer a la que le sobraron
medicinas donadas por una fundación que ayuda a quien lo requiere, y en lugar
de devolverlas, las vende porque “algo tiene que sacar”. He visto gente
aprovecharse de la enfermedad de terceros incluso haciéndose pasar por primos
del afectado y así sacar dinero de donaciones que jamás llegan a quien las
necesita. He visto a niños vender papelitos de colores e ir subiendo el precio
a medida que esperan un descuido del potencial cliente para llevarse la cartera,
los papelitos y hasta la arepa que les brindan. No han faltado los taxistas que
duplican la tarifa cuando saben que el servicio tiene como destino una clínica
privada. He visto cajeras que cobran casi el doble en la cuenta alegando que la
carta vista por el cliente es vieja y los precios han cambiado. He visto
comerciantes que cobran a sus vecinos el 15% de comisión por utilizar el punto
de venta para cobrar, pero pretenden que les presten pan cuando se les acaba el
que tenían para vender perros calientes.
He
visto tantas cosas que no puedo enumerarlas todas, pero sobre todo, he visto
que el chavismo ha sacado lo peor de cada quien, ha convertido este país en un
país de carroñeros miserables a los que no les importa matar a alguien con tal
de obtener algo gratis, porque esto es lo que aprendieron de este régimen de
ladrones: tener todo lo que quieren regalado, y si no hay, entonces robarlo, no
importa a quién, no importa cómo. El chavismo es una forma de vida, la de los
vividores, los vagos, los resentidos, los sinvergüenzas, los asesinos, los
narcotraficantes, los corruptos… El chavismo es el origen de la descomposición
social de un país que jamás imaginamos. Un país que no reconozco, que me da
vergüenza, un país que está en guerra contra el que no quiere revolcarse en ese
chiquero. Una Venezuela demasiado distante de la que llevo en la sangre. Estos
zamuros ni volviendo a nacer podrían ser guacamayas.
Queda
mucha gente honesta, incapaz de jugar con las penurias propias o ajenas, llena
de ganas de luchar por un país decente, llena de ganas de trabajar, dispuesta a
reconstruir todo lo que estos narcotraficantes han destrozado, pero comienza a
preocuparme que el régimen nos mate y los vecinos se coman los restos mientras
en República Dominicana algunos se bajan los pantalones y el resto del mundo
mira hacia otro lado para luego darse golpes de pecho y, por supuesto, sea
demasiado tarde.

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