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| Caracas Bar en Buenos Aires |
Carlos Frías 15 de enero de 2018
El
trágico naufragio de balseros en el Mar Caribe ilustró hace días la
desesperación de cientos de miles de venezolanos por escapar, como sea, de la
crisis humanitaria que vive su país. Por agua, por tierra o por aire, una
multitud viene huyendo hacia otras naciones en busca de un futuro mejor. Y eso
produjo una corriente migratoria sin precedentes hacia la Argentina, donde la
comunidad venezolana se volvió más grande que nunca.
Datos
de la Dirección Nacional de Migraciones a los que accedió Clarín muestran que
un récord de 27.075 venezolanos recién llegados se radicaron en Argentina en
2017, a un ritmo de 74 por día o de 1 cada 20 minutos.
Los
que obtuvieron la residencia temporaria fueron un 140% más que 2016, cuando la
habían tramitado 11.298. Además, casi se sextuplicó el registro de 2015 (4.698)
y se multiplicó por 15 el de 2014, cuando sólo se habían mudado al país 1.772
venezolanos, según el informe oficial.
Las
cifras marcan un ritmo creciente y, para Vincenzo Pensa, presidente de la
Asociación de Venezolanos en la Argentina (Asoven), la afluencia migratoria
seguirá en alza: “Pienso que este año podrían venir unos 35.000
compatriotas", estimó. Es decir, 30% más que en el 2017 récord.
"Hasta
hace seis años éramos una comunidad muy chica, pero en los últimos dos años eso
cambió. Ahora muchos prefieren venir a la Argentina incluso antes de ir al
Perú, donde nos reconocen más fácilmente los títulos universitarios. Y es
porque acá es más fácil tramitar la permanencia transitoria”, explicó.
Asoven
es una organización que ofrece ayuda y contención a los residentes venezolanos
en Argentina. Algo clave para los recién llegados, que suelen enfrentar
dificultades para instalarse. Muchos, al inicio, sólo consiguen empleos en
negro, en general en el rubro gastronómico. Y eso, por ejemplo, les complica
conseguir un alquiler.
“Muchas
familias llegan separadas. Primero viene uno y, a medida que mejora su
condición económica, vienen los demás. Aunque en el último tiempo comenzaron a
venir todos juntos porque en Venezuela no sabes qué va a pasar. Es una
situación muy tensa e inestable”, dijo Pensa.
Eucarina
Rodríguez y su marido, Eudo Vázquez, están entre los recién llegados, tras una
travesía que incluyó viajar por tierra a Manaos para luego volar desde allí a
Buenos Aires. Analizaron ir a Chile o a Ecuador, pero prefirieron la Argentina
por la mayor facilidad para obtener la residencia. Viven ahora en un hotel
familiar en Belgrano y destacaron que
acá por lo menos pueden "caminar por la calle".
"Allá
no se puede salir de noche por la inseguridad que hay", comparó ella, que
es profesora de canto. Y adelantó: "Ahora quiero traer a mi hermana y a mi
mamá, pero primero tenemos que establecernos bien”. Un primo cocinero, que
llegó dos años antes, los ayuda todo lo que puede.
Para
Cornelia Schmidt Liermann, diputada nacional (PRO) y presidenta de la Comisión
de Relaciones Exteriores, la venezolana "es la comunidad que más creció en
los últimos dos años en la Argentina, incluso por encima de las de Paraguay y
Bolivia". "Según nuestras estimaciones, en 2018 esta tendencia se
mantendrá y será igual o mayor que la del año pasado", coincidió la
legisladora, que participó por su función en el monitoreo de la migración
venezolana.
Schmidt
Liermann destacó además que el Gobierno reforzó los controles para que
únicamente puedan ingresar los extranjeros sin antecedentes penales, una
información que se cruza con Interpol al momento de la llegada.
"Nunca
había pensado en irme de Venezuela para vivir en otro lado, pero lo tuve que
hacer y es muy difícil”, comentó a Clarín Peggy Ibarra Mendoza, quien llegó a
la Argentina en octubre. Aunque es abogada y quiere ejercer su profesión, por
ahora sólo consiguió un empleo en negro en un restaurante de Vicente López, y
la pelea para cumplir cada mes con un alquiler informal, por el que paga más de
lo que le costaría uno "con papeles".
Aún
así, considera que está mejor: "Allá los militares negocian con la comida.
Escoltan los camiones que llevan alimentos y cobran todo seis veces más caro de
lo que vale en el mercado. Como no hay otro lugar donde comprar, todos vamos
ahí. Pero la comida se acaba y no alcanza".
Una familia que fue llegando de a poco
Yéssica
Monroy tiene 25 años y es una de las venezolanas que busca una nueva vida en la
Argentina. Llegó en marzo pasado a Buenos Aires, junto con su novio,
Miguelangel, y con su madre, que los acompañó hasta que pudieron instalarse y
buscar trabajo.
“Soy
contadora, pero vine dispuesta a comenzar a trabajar en lo que sea. Tuve suerte
y en un mes conseguí entrar en una agencia publicitaria. Sin embargo, tengo una
amiga que llegó con 100 dólares en el bolsillo y la tuvimos que ayudar. Algunos
podemos planificar nuestra salida, otros apenas pueden salir de Venezuela”,
explicó.
Monroy
dijo que en los diez meses que lleva en la Argentina vinieron de Venezuela su
prima, su hermano y, a fin del año pasado, su padre. De a uno fueron llegando
para volver a formar una familia.
“Primero
-contó- vivíamos en un hotel. Ahora pudimos alquilar una casa. La idea es
quedarnos hasta que las cosas cambien en mi país. Es bastante difícil irse,
pero no dudamos en hacerlo por la crisis que se vive allá”.
La comunidad venezolana se concentra en cuatro
barrios porteños y crece la movida nocturna en "Palermo Caracas"
Cuando
el reloj marca las 22, los primeros comensales llegan para disfrutar de un
trago de cierre de semana. No están en su país y, lejos de la familia, les
suena agradable escuchar castellano con acento hogareño. Encuentros, abrazos,
charlas. La preocupación por lo que ocurre en Venezuela no cesa. Sin embargo,
Caracas Bar abre una pausa en Palermo; tradicional barrio porteño que junto con
Belgrano, Almagro y Caballito se convirtieron en los lugares elegidos por los
migrantes venezolanos que huyen de su país.
El
Caracas Bar, visitado en la noche del viernes por Clarín, está en pleno Palermo
Hollywood: Guatemala y Borges. Y es uno de los mayores puntos de reunión de la
comunidad, junto con locales como Arepera Miss Venezuela (en Bonpland y
Cabrera) y el 13 10 Bar (en Thames y Niceto Vega).
Sus
empleados son venezolanos. Félix Ovalles, el dueño, dijo que su intención no es
sólo brindar un lugar de encuentro para sus compatriotas sino que el bar
funcione como un espacio para hablar de lo que ocurre en su país. “Además,
participamos de las campañas que se organizan para juntar medicamentos. Pero lo
más importante es darle una contención al que recién llega”, explicó Ovalles.
Yero
Parra empezó como lavacopas en el Caracas Bar y a cada momento repite que lo
más importante es “dar la talla”. “Llegué hace seis meses y pienso quedarme un
largo rato en Argentina. Me trataron muy bien. Empecé trabajando en el café de
un argentino que era de Santiago del Estero, que desafortunadamente tuvo que
cerrar. Pero mientras pudo, me dio la chance de trabajar”, subrayó. El ambiente
de este bar, según Ovalles y Parra, recuerda a la cultura venezolana como una
manera de añorar un poco menos su tierra.
Los
días transcurren en sus barrios. Pero la noche los atrae a bailar al ritmo del
merengue y la salsa que, hace tres años, cambió el ambiente de los comensales
de este situado en Palermo Soho. Eduardo, gerente del bar, explicó que cuando
el dueño decidió poner música tropical y transformar el aspecto del bar en un
lugar con semblante caribeño, la clientela comenzó a crecer. Según dijo, hay
muchos argentinos que también se acercan para compartir el trago y el baile con
el que, por algunas horas, apartan los recuerdos de mandar dinero a sus
familias en Venezuela.

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