Guillermo D Olmo 01 de junio de 2019
@BBCgolmo
Egar recoge la manguera y arruga el billete de diez
bolívares que le tiende el conductor que acaba de llenar el tanque. Luego lo
arroja a la caja de cartón en el suelo en la que guarda la recaudación del día
de la gasolinera de Caracas en la que trabaja.
Hay un montón de bolívares. Pero el bolívar vale tan
poco que el valor total de esa montaña de papel no llega ni a medio dólar al
cambio.
Así que junto al dinero hay otras cosas con
las que le pagan los clientes y que Egar aprecia más.
"Algunos me dan paquetes de arroz o de harina
pan; esos son los buenos clientes", cuenta.
"A veces te dan caramelos, paquetes de galletas;
uno acepta lo que le den".
Cuenta que es raro el día en el que los conductores
dejan más de 2.000 bolívares, menos de medio dólar al cambio,
que además habrá de repartir con sus compañeros.
En Venezuela la gasolina es casi totalmente gratis y
un empleado de los que la sirven en las estaciones de la petrolera estatal
venezolana, PDVSA, cobra un sueldo mínimo, unos 40.000 bolívares al mes, menos
de 10 dólares al cambio.
Y
por eso se ha impuesto la costumbre de agradecerles sus servicios entregándoles
una pequeña cantidad de dinero…o las cosas más insospechadas.
En la caja de la gasolinera en la que trabaja Egar
hay un rotulador con el que le pagaron esta mañana.
A poca distancia de allí, en la gasolinera que PDVSA
tiene en una de las esquinas de la Avenida Rómulo Gallegos, los empleados
almacenan los racimos de plátanos con los que algunos
transportistas les han pagado la mañana de este martes.
"Ayer fue mejor porque nos dieron muchos huevos",
explica uno de ellos.
Aunque lo que más se agradece es esa élite de
privilegiados que pueden deslizar un billete de un dólar, la divisa
estadounidense, que tiene cada vez mayor presencia en la Venezuela de la
crisis.
Lo que dejó a todos perplejos es lo que le ocurrió a
uno de ellos la semana pasada, cuando un conductor pagó su combustible
con un vibrador.
"Lo agarré, pero no tenía pilas", narra el
empleado entre las risas del resto.
El plan de Maduro
De acuerdo con el World Factbook de la CIA, Venezuela
es el país con las mayores reservas probadas de petróleo.
Su presidente, Nicolás Maduro, anunció el pasado
verano un polémico plan para comenzar a vender el carburante a precios
internacionales, para lo que llamó a todos los venezolanos a inscribir sus
automóviles en un censo nacional de vehículos a motor.
Maduro
quería acabar con la "deformidad" de la "gasolina
regalada".
Casi un año después de aquel anuncio, el precio
oficial sigue por debajo del medio centavo de dólar por litro, lo que, según la
consultora Global Petrol Prices, convierte a Venezuela en el país con la
gasolina barata del mundo.
"Aquí nos bañamos en petróleo", afirma uno
de los empleados de la estación de la Rómulo Gallegos, con las manos empapadas
en gasolina.
Por eso le molesta que "hay algunos clientes que
ni pagan".
Antonio Marmoto explica mientras llena el depósito de
su camioneta que él suele dejar 10 bolívares (unos US$0,002) en Caracas, pero
cuando viaja por el Estado Anzoátegui, que recorre a menudo, no deja
nada.
Es tan insignificante el precio que muchos se van sin
pagar sin que tenga consecuencias.
Alexis Bozalo suele dejar 500 bolívares (menos de
US$0,10) por llenar el depósito de su moto. Pese a lo escaso del monto, se
jacta de que es más de lo que deja la mayoría.
"Yo lo hago porque me sale del corazón",
comenta ufano.
"La gasolina es lo único que hay barato en
Venezuela", señala.
Como venezolano conoce de primera mano el coste de la
vida en un país que va camino de cumplir dos años castigado por la hiperinflación.
Pero Venezuela es el país de las paradojas.
Y pese a que el Estado prácticamente regala la
gasolina y hay petróleo en abundancia, en una gran parte del país repostar
se está convirtiendo casi en misión imposible.
En estados como Zulia, Bolívar o Táchira, la gente
tiene a menudo que hacer cola durante días para conseguir gasolina debido a los
problemas en el suministro, que, según la prensa local y muchos usuarios de
redes sociales, se ha agravado en los últimos días.
La caída sostenida de la producción petrolera de
Venezuela a causa de la ineficiencia en la gestión de PDVSA y el impacto de las
sanciones de Estados Unidos contra el gobierno de Nicolás Maduro están
llevando, según los expertos, a una situación límite.
Pese a que PDVSA difundió la semana pasada un
comunicado en el que aseguraba que garantizaba el suministro en todo el
territorio nacional, la experiencia en las carreteras de Venezuela dice lo
contrario.
Ciudades convertidas en estacionamientos
En Maracaibo, por ejemplo, una de las ciudades más
importantes del país y antaño epicentro de la industria petrolera, se han
vuelto habituales las filas enormes de automóviles junto a las
gasolineras.
Hace tiempo que en amplias zonas del país el contrabando
de gasolina se ha convertido en la opción más rápida debido al
desabastecimiento.
En el Estado Bolívar, el más grande de los que
conforman la República Bolivariana, los autos viajan con bidones de gasolina
sobre el capó.
Quienes los conducen saben que más allá de
Puerto Ordaz será casi imposible repostar y toman sus precauciones.
En poblaciones como Tumeremo, las calles están
salpicadas de tenderetes en los que buhoneros intercambian gasolina, bolívares
en efectivo y oro, las mercancías más preciadas allí.
El conductor José López, que se gana la vida
trasladando pasajeros desde Puerto Ordaz hasta otros lugares de Bolívar,
explica que suele llevar consigo oro con el que poder conseguir
efectivo para pagar el carburante en los lugares donde es más escaso y
los contrabandistas lo venden más caro.
Desde San Cristóbal, en el suroeste del país, Vanessa
Rubio relata su dura experiencia de los últimos días.
"Aquí conseguir gasolina se está convirtiendo en
una cuestión de supervivencia del más apto. Hace falta mucho aguante para
pasar cuatro días haciendo cola".
"Yo llegué el jueves a las 8 de la mañana a una
cola de aproximadamente 5 kilómetros. Un señor pasó numerando los carros y me
dieron el 745", relata.
Rubio describe un escenario apocalíptico en
una ciudad que apenas tiene transporte público.
"San Cristóbal se ha convertido en un gran
estacionamiento en el que la gente está dispuesta a golpearse para defender su
puesto en la cola".
Aunque también hay espacio para la solidaridad.
"Uno termina conociendo a la gente que está
alrededor, se hacen favores y turnos para que puedan ir a bañarse a sus
casas", narra Rubio.
A los pacientes que resisten los días de espera, con
suerte les espera una manguera de gasolina al ínfimo precio oficial.
Se paga más por uno de los primeros puestos en la
fila. "Hay gente que ofrece hasta 50.000 ó 60.000 pesos colombianos",
la moneda que, dada la imparable depreciación del bolívar, se ha convertido en
predominante en esta parte de Venezuela.
Son entre US$15 y US$18.

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