Yedzenia Gainza 17 de enero de 2018
Es
cierto que en Venezuela reina la escasez, que millones de personas no tienen
acceso a los alimentos más básicos, tampoco a medicinas. Ropa y calzado suenan
a compras propias de millonarios y tener un automóvil operativo es más la
excepción que la regla. Sin embargo, en este país donde gobierna un cártel que
dice ocuparse de los más necesitados hace falta dinero, mucho dinero para
sobrevivir.
No es
extraño ver sujetadores o carteras deterioradas, pantalones desgastados (por el
uso, no por moda) sábanas desteñidas, tazas sin orejita, lámparas sin
bombillos, acondicionadores de aire rotos, muebles viejos, rejas oxidadas,
paredes con filtraciones, tuberías con fuga, neveras sin luz, cuchillos sin
mango, cacerolas sin tapa, ventanas sin cristales, techos con goteras, bombonas
de gas vacías… La precariedad es cotidiana y la prioridad es comer o guardar
comida. De manera que los arreglos domésticos se van retrasando hasta llegar al
punto en el que las casas se han ido convirtiendo en ranchos de concreto y
tejas. Sólo el dinero permite pensar en algo más que alimentarse.
En el
país del Socialismo del Siglo XXI quien no tiene dinero, se muere. Así de simple.
Los dólares son el seguro médico de cualquier persona y quien tenga aunque sea
un billete de diez guardado, sabe que con eso tiene más garantías que una
aseguradora de las que no pagan casi nada, y si lo hacen, es tarde. Quien no
tiene plata para pagar alimentos a precio normal, debe esperar a que la limosna
en bolsa llegue, aunque eso signifique semanas de hambre o comiendo mangos.
Quien no tiene dinero en efectivo, sabe que debe pagar el triple o más por un
kilo de verduras. Quien no puede pagar una clínica privada sabe que la muerte
está rondando los contaminados pasillos de los hospitales públicos.
En
algunas panaderías hay colas interminables para poder comprar, si acaso, una o
dos barras de pan por persona. En otras pueden verse hasta panes campesinos, de
coco o dulces, de esos con restos de azúcar y melao’ encima. En esas no hay
cola, los contados y afortunados clientes piden lo que quieren, pagan y se van.
En la
revolución bonita una consulta médica cuesta unos doscientos mil bolívares, y
un trozo de pan con un triangulito de queso y otro de jamón cuesta sesenta mil.
Un médico privado gana en una hora lo mismo que el taxista que tardó veinte
minutos en trasladar al paciente a la clínica. El médico que trabaja en un
hospital público sueña con ganar en un mes lo que el privado o el taxista hacen
en tres horas.
El
chavismo dijo que acabaría con los privilegios de la clase política de hace
veinte años, pero no dijo que lo haría sustituyéndola y dejándola en pañales.
Tampoco dijo que para satisfacer su resentimiento y mantener su estatus harían
del país su reino de corrupción, muerte y cocaína. Los que cobraron durante
años dólares preferenciales o siguen chupando dinero público por haber
“asesorado” al cártel que nos gobierna, dicen que el chavismo acabó con la
desigualdad en Venezuela, que lo poco o mucho que se ve en los medios de
comunicación de los países donde viven tranquilamente (incluso evadiendo
impuestos hasta que la ley los obliga a pagar) es mentira de una oposición
golpista, que en Venezuela no hay hambre, como si prueba de ello fuera que el
líder del régimen engulla una empanada en cadena nacional. El descaro es
directamente proporcional a los bultos que tienen en los bolsillos. Y mientras
esos alcahuetes siguen hablando gamelote en Europa o en la burbuja chavista que
los protege en nuestro territorio, la extinta clase media hace maromas para
estirar la quincena que no da para tapar las goteras, los pobres escarban en la basura o tocan casa
por casa a ver quién les da algo de comer, y los enchufados siguen
despilfarrando lo robado demostrando que en el socialismo del siglo XXI todo se
puede conseguir con dinero, con el dinero robado a las arcas públicas y que
distribuyen muy bien, entre ellos y sus familias.

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