Domariluz Contreras 12 de enero de 2019
Fue en
enero de 2006 cuando tomé la decisión de convertirme en emigrante, en ese
entonces no tuve que ahorrar, tan solo pedí la renuncia en la empresa dónde
llevaba trabajando como call center más de 3 años y con la liquidación me pude
comprar el billete de avión Caracas-Madrid.
Tuve
que vender un mueble de mi habitación para comprar una maleta grande y dar mi
computadora como intercambio a que me garantizaran techo y comida aquí hasta
que encontrara mi primer trabajo. Y llegó el día. Me monté en ese avión Boing
747 con destino a Madrid un 13 de marzo de 2006.
Por suerte
yo no tuve que emigrar huyendo de una guerra, no tuve que dejarme extorsionar
para apilarme junto a más gente para cruzar ningún mar, ningún desierto. Me
motivó a tomar esa decisión la experiencia de más amistades que llevaban muchos
años aquí y que habían podido reconducir su estabilidad económica con la
intención de volver algún día a su país de origen y ofrecer a su familia lo que
estando allá no podían.
Me
motivaron las ganas de abrirme espacio ante una Venezuela que no empezaba a
gustarme, a un sistema político que rechacé desde antes que se montaran en el
poder, ya tenía claro que no iba a funcionar y bastó vivir bajo ese régimen y
ritmo de vida durante 8 años para darme cuenta de que así no quería vivir; aún
así no viví la peor parte, la que ha vivido mi familia “después de Chávez”, ese
tiempo de escasez e inseguridad incrementada que hace de mi tierra un sitio
inhabitable y por lo cual han tenido que emigrar y abandonar sus hogares
millones de venezolanos.
Llegué
así a Huelva a casa de otros paisanos y ahí estuve desde el 14 de marzo hasta
el día 24 cuando conseguí mi primer trabajo. Antes de emigrar tenía claro que
viniéndome como lo hice, con pasaporte de turista sin posibilidad de trabajar
legalmente, debía ser consciente de que no podría aspirar a tener cualquier
trabajo relacionado con mi carrera y experiencia y que probablemente iba a ser
duro. Y así lo fue.
Mi
primer trabajo fue internarme a vivir con una pareja de ancianos de 84 años, en
un pueblo alejado de dónde vivían mis amigos en la sierra de Huelva. Allí
conocí a quienes quise como si fueran mis abuelos, Catalina y Gregorio, ella
tenía Parkinson, Alzheimer y diabetes y él sólo tenía diabetes y empezaba a
sufrir demencia senil. Fue duro porque en ese entonces pesaba 17 kilos menos
que ahora y obviamente no estaba preparada físicamente para coger tanta fuerza
y peso.
Catalina
pesaba 95 kilos y era totalmente dependiente, necesitaba ayuda para todo pero
yo sacaba fuerzas para cumplir con mi trabajo y para no fallarles, porque al
fin y al cabo me dieron mi primer empleo con derecho a vivir con ellos, tenía
mis 3 comidas diarias y un techo seguro; eran mis abuelos y por nada del mundo
me permitía fallarles.
Aprendí
a cocinar los primeros platos españoles, a entender el léxico castellano y más
aún el andaluz, ese rico acento que de vez en cuando parece q conservo. Tuve
que adaptarme rápido a esa forma de hablar tan acelerada y que me sonaba
golpeada, aquí no decían ¡Hola como estás!, si no ¿Qué pasa?
Pedía
que me repitieran muchas cosas porque simplemente no entendía, pero fui
aprendiendo porque tenía la enorme voluntad de adaptarme y ser una mas y
conseguir que dejaran de llamarme “la forastera”.
Villanueva
de Las Cruces era ese pueblito dónde habían apenas 400 habitantes y la mayoría
eran personas mayores, allí conocí la generosidad fuera de mi país, la
verdadera solidaridad, gente que cuando me quedé desempleada (a los 6 meses de
vivir con los abuelos porque ya no podía soportar lo violento que se había
convertido Gregorio); me dieron hasta lo incalculable para que no me faltara
nada, la alcaldesa me dejó vivir gratis en una casa, me daba alimentos de la
Cruz Roja y Caritas, las vecinas me tocaban la puerta y me dejaban bolsas con
mantas, ropa y comida, cuando salía a abrir la puerta ya no había nadie, sólo
bastaba con ver las bolsas en el suelo y recogerlo mirando hacia los lados
buscando dar las gracias, pero muchas de las veces no me decían quien había
sido (según para que no me diera vergüenza); jamás he conocido gente tan
generosa y agradezco a la vida de que fueran esas las circunstancias y no
peores como por ejemplo ocurre hoy con los refugiados de Siria que si que lo
están pasando peor de lo que pude pasarlo yo.
Jamás
tendré vida suficiente para agradecerle a esa gente lo bien que se portaron
conmigo. Allí viví 4 meses más, algunas vecinas se repartían el trabajo conmigo
de limpiar algunas casas y la iglesia. Si, ellas dejaban de cobrar ese día para
que yo pudiera ganar algo de dinero.
Conocí
a Alonso y Marina, eran los dueños de una tienda de alimentación y me daban
comida y productos de primera necesidad a crédito para que se los pagara cuando
pudiera, fueron mis ángeles de la guarda, al igual que mis Amigos Francisco y
Miguel y mi paisana Esperanza quienes se buscaban cualquier excusa para hacer
una comilona en mi casa con tal de distraerme y darme un poquito de alegría.
En
ésta parte de la historia también había un “alguien a mi lado”, al que decido
obviar porque ‘cuando la mayoría del tiempo que has compartido junto a alguien
que te hizo tanto daño, es preferible no recordar’.
Sólo
sé que di la cara muchas veces por quien no debí pero lo hice con tal de que no
nos faltara que llevarnos a la boca ni donde dormir. En fin, parte de lo que
hay que vivir en ésta vida para aprender y madurar.
Así
pasaron los meses, incluso llegué a trabajar en el campo recogiendo naranjas en
pleno invierno, hasta ahora creo que ha sido el trabajo más duro que he hecho
porque requería de una fuerza física que yo no tenía, fueron 7 días eternos,
pasando frío y bajo la lluvia, cargando peso de 30 kilos sobre mi espalda hasta
que por las fuertes lluvias suspendieron la recogida; ese ha sido el único
trabajo en el que deseaba llorando que terminara porque ya no aguantaba más
tanto dolor en mi espalda.
Pasaron
las semanas hasta que pude mudarme a otro pueblo “Valverde del camino” y
conseguí no sólo un trabajo si no hasta 4 y 5 trabajos a la vez; aquí fue donde
me convertí en pluriempleada, aprendí más oficios: hostelería, ayudante de
cocina, camarera de barra, niñera, dependienta, agente comercial, limpiadora
etc etc. Hubo temporadas en las que trabajaba 16-19 horas al día, y salía de un
trabajo para meterme en otro y volver, ir y venir y así todos los fines de
semana durante casi 3 años.
Era
duro pero no me quedaba de otra. Conocí a más personas que aceptaron darme
trabajo aunque no tuviera papeles, me aceptaron estar ilegal en sus vidas y
negocios con tal de que pudiera seguir trabajando y sobreviviendo. En unos
cobraba muy por debajo de lo que realmente tocaba pero yo no podía exigir nada,
era una inmigrante ilegal y si quería llevar de comer a mi casa tenía que
terminar aceptándolo, “gajes del
oficio”.
En ese
otro pueblo también conocí gente muy buena, la mayoría con las que trabajé,
conocí a mis niñas las que ayudé a criar desde que tenían 2 añitos hasta que
aprendieron a leer, con ellas pude comprobar cuan importante es rodear a tus
hijos de gente que aporte buenos valores y educación. Nunca me limité a
realizar mis funciones laborales, fui criada para ir más allá, si había que
entregar el 100%, pues yo entrego el 150% más incluso aún cuando no lo
merezcan. Así soy yo.
Allí
quedaron buenos jefes que se portaron como padres y amigos, personas con
quienes aún tengo relación y a quienes he recibido en mi casa y ellos a mí al
cabo del tiempo. En mis recuerdos estarán ahí siempre, como los que me
aceptaron, me enseñaron y ayudaron:Lucía, Juan y sus hijos; Isabel y José,
Laurita, Conchi y los Yayos, Inma y su familia.
Me
convertí en “Inmigrante Legal” en verano de 2010 tras una larga espera. Así
hasta otoño de 2010 cuando por más razones laborales dejé atrás tierras
andaluzas y me crucé el mapa hasta la otra punta, hasta uno de los sitios más
bonitos en los que he podido vivir “Galicia”; y La Coruña me recibió durante 6
meses, un paso turbio que me gustaría no hubiera estado manchado por las
circunstancias que sucedieron, ahí deposité una vez más mi confianza y amor en
esa persona que no merecía más sacrificios de mi parte, pero el destino quiso
que aprendiera la lección con un golpe aún más duro.
Así
que aprendí; allí también se apareció otro ángel de la guarda quien me ayudó a
superar una de las peores crisis emocionales a las que me he enfrentado hasta
ahora, ¡Gracias Eva! Luego en primavera de 2011 salí huyendo y corriendo a
Madrid y aquí tras 8 meses de la última experiencia laboral “al servicio de una
familia” cuyo resultado no fue para nada agradable y casi me vuelvo loca,
decidí salir a la calle a enfrentarme a otra realidad: “Buscar trabajos en los
cuales no había podido experimentar todavía”, intentando ejercer mi carrera
pero se hacía inalcanzable.
Por lo
menos no estaba privada de mi libertad viviendo al servicio de una familia 24
horas al día. Y un día llegó la “Radio”, ese momento mágico que deseaba desde
hacía tanto tiempo y que acepté a cambio de nada durante 2 años y que al darme
cuenta que no valía la pena seguir ejerciendo una carrera que no me daba
beneficios más que placer propio, fue cuando decidí parar y aparcar mis ganas
de vivir de mi profesión, a saber hasta cuando.
Y de 5
años para acá ha cambiado poco, lo más importante, que conocí a un hombre
maravilloso que a día de hoy no ha hecho más que apoyarme en cada paso que he
dado y enamorarme cada segundo de lo que ahora es nuestra vida, nuestra
historia.
En 10
años y medio he podido viajar a Venezuela tan sólo una vez, y fue a los 5 años
y 9 meses de estar aquí, pude estar apenas 12 días con mi familia celebrando
las mejores navidades de mi vida y regresé con las pilas recargadas.
En
cada trabajo nuevo, en cada jornada laboral, en cada día largo en el que
regresaba agotada a casa y con ganas de tirar la toalla, ahí aunque nos
separaran 8.500 kilómetros, siempre estuvieron ellos: mi familia, sus palabras
de aliento, de ánimo, de consuelo. Es duro, muy duro estar sólo o peor aún
estar con alguien y sentirte más sólo, estar lejos de las personas que amas,
dejar atrás tus costumbres, renunciar a ciertos derechos y adaptarte a lo
desconocido, aceptar normas y reglas a las que no estabas acostumbrado, pero
entendí que todo eso era parte del precio que debía pagar por haber tomado la
libre decisión de EMIGRAR .
Un
precio muy caro pero que conociendo la historia de más gente que lo ha pasado
peor, me hace sentir que no he sufrido nada, que mi historia es tan simple y
nada relevante en comparación a quienes huyen de la guerra y de quienes han
pasado hambre y siguen pasando calamidades.
Cada
migrante tiene una historia, una historia que no ha sido en su mayoría buscada
por placer si no obligada por circunstancias excepcionales. Hoy les cuento mi historia,
yo también emigré, yo también soy inmigrante, y hoy 10 años y medio después
reconozco que defiendo una migración legal, responsable y razonable; no le
deseo a nadie que pase por lo que yo pasé, todo es más sencillo si eres un
inmigrante legal que sin papeles, yo llegué en una época menos difícil que la
de ahora donde aún seguimos golpeados por la crisis y en la que la prioridad
para un Estado debe seguir siendo la estabilidad de sus propios habitantes.
Sin
embargo, no soy quien para cuestionar a quienes según sus posibilidades emigran
de una forma legal o ilegal; pero si me dieran la oportunidad de elegir, lo
volvería a hacer pero dentro de la legalidad eso si. Se pasa muy mal de una
forma o de otra pero un “carné de identidad te abre muchas más puertas”. El
recorrido por caminos torcidos o no ya depende de uno mismo.
Así
que hoy tenía ganas de contar mi historia y aquí estoy. Aquí sigo buscando un
horizonte mejor para mi y para los míos; lo que tengo claro es que no dejaré de
luchar, eso sí, sin llevarme por el medio a nadie.

Simplemente, una historia de superación. Aunque nada fue simple. Que fortuna el resultado final. Como dirían por allá, enhorabuena!!!
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