EMILIO J. CÁRDENAS 12 de enero de 2018
Aunque
con las dos notorias excepciones de sus tristes experiencias totalitarias: las
de Cuba y Venezuela. Hasta ahora, sin demasiadas tensiones entre esos dos
capítulos antidemocráticos (en los que la gente padece y hoy vive
miserablemente) y el resto de los países de la región. Y una Argentina que
cierre su año con una preocupante explosión de violencia callejera estimulada
desde el kirchnerismo, quizás presagio de renovados conflictos sociales,
siempre con propósitos políticos.
Al
cierre del año ya pasado, el oficialismo venezolano -a través de esa voz
anónima pero dictatorial, que es el engendro político al que llaman “Asamblea
Constituyente”- declaró sorpresivamente como personas “non gratas” tanto al
embajador de Brasil, como al encargado de negocios de Canadá. El anuncio lo
hizo la archi-vulgar Delcy Rodríguez, la “mujer fuerte” del autoritarismo
venezolano que hoy preside el mencionado ente, en una de sus habituales
diatribas contra los molinos de viento, a las que utiliza con mucha frecuencia
para distraer, según es obvio.
A la
manera de “dueña de la verdad”, la Rodríguez anticipó que se adoptarán “las
medidas adicionales” que en cada caso corresponden. Lo que sugiere que se
apuntaría a cortar, en el corto plazo, las relaciones diplomáticas con los dos
países nombrados o, quizás, a reducirlas muy sensiblemente. A aislarse aún más,
entonces.
Nada
dijo esta vez sobre la Argentina, quizás el país más abiertamente crítico de
Venezuela en toda la región. Mauricio Macri-con gran coraje- dice siempre la
verdad y denuncia al régimen venezolano, sin vueltas. De frente. Llamándolo por
su nombre: un ejemplo evidente de totalitarismo.
Aunque
ello le duela a algunos hipócritas. Porque lo cierto es que cuando se violan
los derechos humanos y se conculcan arbitrariamente las libertades civiles y
políticas esenciales de los pueblos latinoamericanos no hay espacio para los
silencios cómplices, como los adoptados por la Argentina en la desafortunada
“era” de los Kirchner.
El
chavismo, que gobierna a Venezuela con mano de hierro, mantiene unos
trescientos ochenta presos políticos, cuyo único pecado ha sido el de disentir
y, peor, animarse a hacer públicas sus diferencias. Como si el pluralismo no
fuera uno de los vectores centrales de la democracia y el discurso único uno de
los elementos más característicos de las tiranías, acaba de liberar a unos 80
de ellos. Apenas eso para que sus familias pudieran celebrar “juntos” la
Navidad.
Brasil
había, con razón, denunciado -en un comunicado oficial de su Cancillería- el
constante “asedio” de Nicolás Maduro a la oposición de su país y a sus líderes,
así como sus maniobras perversas para tratar de manipular las elecciones
nacionales que se aproximan.En todos los niveles, de modo de simular aparentes
triunfos que, en verdad, no son realmente tales.
La
Embajada de los EEUU también denunció esa circunstancia, con palabras muy
parecidas, pero no mereció críticas específicas, más allá de su demonización ya
habitual y permanente.
Lo
cierto es que quedan todavía centenares de detenidos en las prisiones
aberrantes de Venezuela. Algunos fueron encarcelados cuando las manifestaciones
de 2014, que dejaran un saldo lamentable de 43 muertos. Y otros resultaron
detenidos durante las protestas de la primavera de 2017, cuando murieran 125
personas. En ambos casos, como resultado de una represión chavista
absolutamente feroz, que frente a la muerte de los opositores no vacila un solo
instante en consumarlas. Frente a lo que no hay espacio para ignorar lo que
sucede.
Como
también ocurre en Cuba desde hace décadas, para que nadie se equivoque. Ni se
engañe. En ambos países no se tolera el disenso, al que se transforma en
crimen. Ese, y no otro, es el perfil absolutamente perverso de las dos
dictaduras marxistas de nuestra región. Los venezolanos muertos lo confirman
tristemente, a cada rato, queda visto. Y no pueden ser olvidados.

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